Juan Vergillos | Actualizado 02.04.2011 – 05:00

Guitarra y composición: Daniel Casares. Guitarra eléctrica: José Marín. Flauta: Agustín Carrillo. Bajo eléctrico: Manolo Sáez. Percusión: Manolo Toro. Lugar: Teatro Alameda. Fecha: Viernes, 1 de abril. Aforo: Media entrada.Me sorprende de inicio el uso de la palabra como parte del espectáculo. Para la autoalabanza, eso sí. Las melodías de Casares son pulcras, cristalinas, fluyen suavemente, con toda serenidad, y son fruto de su familiaridad, y de la familiaridad de la guitarra flamenca contemporánea, con el jazz. De hecho permanece casi toda la noche a su derecha una guitarra de jazz que matiza los temas, o le ayuda a decirlos a dúo, o que da la réplica melódica al protagonista.

Esa es la fórmula, los temas cantables, amables, y la variación melódica a cargo de las dos guitarras o el flautista. Todos son brillantes, todos son seguros. El concierto avanza así con la naturalidad del dominio absoluto de los intérpretes sobre su instrumento. El virtuosismo de Daniel Casares es el de la limpieza, la seguridad técnica, que no de la búsqueda de armonías complejas o soluciones melódicas de vértigo. Todo surge de la complicidad con el público y de la vibrante carga energética que emana desde la escena. Por supuesto que las composiciones, amables, se pueden intercambiar sin problemas con cualesquiera otras de sus cuatro discos anteriores. Ni siquiera a nivel de repertorio decide ir mucho más allá de las rumbas, las bulerías, las alegrías, los tangos. Y mire usted que podría. Así lo demostró la vibrante rondeña, con final por fandangos, al estilo impuesto por Paco de Lucía en los años setenta, con la que abrió la noche, sin duda lo mejor del recital. En ocasiones, eso sí, usa un recurso aparentemente contemporáneo que consiste en mezclar, en una misma pieza, los ritmos y armonías de palos diferentes. En realidad el recurso se patentó en los años 30, para el cante, en lo que entonces se llamó “creación personal”. Del grupo de brillantes invitados me quedo con la voz y la entrega de María Toledo, pura luz. Por lo demás, un concierto muy físico, tan amable como olvidable, en donde no faltaron los guiños brasileños y porteños.

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